Concurso Cadena SER XVII

Photo by Myicahel Tamburini from Pexels
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Cada semana la frase de inicio de los microcuentos será la última frase del texto ganador de la semana anterior. Extensión máxima del texto es de 100 palabras (sin contar la frase de inicio ni el título).

Semana 32 (final): Siempre como nuevos.


Problemas del nuevo mundo

Siempre como nuevos”. Ese maldito eslogan me sigue a todas partes. Primero la tecnología que nos permite vivir casi eternamente, ahora la moda de rejuvenecer y empezar de nuevo la vida como adolescente. Tengo casi ciento ochenta años y siempre me he negado a estos avances, pero ahora debo ceder. Está todo patas arriba. Mis nietos rondan los setenta años, mis hijos treinta y mi mujer veintidós. Si rejuvenezco ahora tendré dieciocho y podré reempezar la vida con ella. Tendré que superar mis miedos y volver a ser joven de nuevo… odio el acné.


Polvo eres

Siempre como nuevos. Uno de los rasgos más característicos de esta nueva raza de homo sapiens, además de su altura, sus cuerpos pálidos y fibrosos, y su exagerado atractivo. También son muy inteligentes, carismáticos e insufriblemente tranquilos. Se tardó años en descubrir que pertenecían a otra raza nueva, superior según opinan algunos expertos. Pero lo más curioso, y motivo por el que se les dio el nombre, es su capacidad de resurgir de sus cenizas cuando llegan a sus últimas horas de vida. Los homo phoenix, muy apropiadamente, son todos pelirrojos.

 

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Concurso Cadena SER XIV

Photo by niklas_hamann on Unsplash
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Cada semana la frase de inicio de los microcuentos será la última frase del texto ganador de la semana anterior. Extensión máxima del texto es de 100 palabras (sin contar la frase de inicio ni el título).

Semana 29: El próximo favor se lo pido a Santa Rita.


Nuevos milagros.

– El próximo favor se lo pido a Santa Rita Hayworth. – dije decidida.

– Creo que Santa Audrey Hepburn te vendría mejor. Mira si no mi prima lo preciosa que quedó después de la cirugía. – dijo mi amiga.

Tenía razón, así que entré en la cabina de rezos de Santa Audrey y cerré los ojos. La operación era algo dolorosa pero merecería la pena. Después iría a por un implante cerebral de conocimiento. Algo de baile, tal vez rezaría a San Elvis Presley, o San Michael Jackson. Aunque creo que me iría mejor rezarle a Santa Elisa Carrillo, pegará más con mi nueva apariencia.


Ten amigos para esto.

– ¡El próximo favor se lo pido a Santa Rita, maldito malnacido! – grité al teléfono.

– Quéjate lo que quieras. Me debías un favor. ¿Sabes que aún tengo callos en las manos?

– ¡De acuerdo, maldita sea! Pero después de esto olvídame.

– Muy bien. No llegues tarde y ven arreglado.

Me quedé perplejo mirando el teléfono. ¿Ir arreglado? Lo que me faltaba. Además de tener que ir a una cita a ciegas doble, también he de ir arreglado. La peor noche de mi vida. Me arrepiento de haberle pedido ayuda aquel día, bien podría haber enterrado todos esos cadáveres yo solo.

 

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Concurso Cadena SER VIII

Photo by Elijah O'Donnell on Unsplash
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Cada semana la frase de inicio de los microcuentos será la última frase del texto ganador de la semana anterior. Extensión máxima del texto es de 100 palabras (sin contar la frase de inicio ni el título).

Semana 22: Mis cálculos son falsos.


La raza superior

Mis cálculos son falsos.- digo en voz alta para intentar activar mi decrépita moral y no seguir adelante con esto. Pero no funciona y decido publicar el estudio.

“La mutación genética del gen MC1R, que provoca el cabello pelirrojo, ataca y elimina el coronavirus”.

Las redes sociales hacen el resto y pronto empiezan a lloverme las llamadas:

– ¿Es eso cierto?

– ¡Enséñame los datos!

– ¿Cómo lo has descubierto?

A las pocas horas los pelirrojos de todo el mundo fueron convocados a los hospitales para su estudio. Los titulares provocan que me ponga tan rojo como mi pelo. “Los pelirrojos salvan el mundo”.


La ruta natural

Mis cálculos son falsos.

Un escalofrío sacude mi cuerpo. Una enorme y espesa gota de sudor resbala por mi frente.

– !Maldita sea! Me llevaba uno…

Rehíce los cálculos con una extraña sensación de déjà vu. Al ver los nuevos resultados me quedé de piedra.

– Dios mío… Tan solo queda un segundo para el Big Crunch…

Al ver los nuevos resultados me quedé de piedra. Rehíce los cálculos con una extraña sensación de déjà vu.

– Me llevaba uno… !Maldita sea!

Una enorme y espesa gota de sudor resbala por mi frente. Un escalofrío sacude mi cuerpo.

 

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Concurso Cadena SER IV

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Cada semana la frase de inicio de los microcuentos será la última frase del texto ganador de la semana anterior. Extensión máxima del texto es de 100 palabras (sin contar la frase de inicio ni el título).

Semana 16: Los zapatos vacíos.


Donde hay hambre…

“Los zapatos vacíos y los puños llenos”. Era la expresión más conocida entre los niños pobres de la capital, de los cuales me incluyo. Se usaba cuando te hacías con un gran botín y corrías tanto que perdías en ocasiones los zapatos. Pero en estos tiempos íbamos todos descalzos, aunque seguíamos usando la expresión.

Aquel día llegué a la destartalada cabaña que llamábamos hogar, con el estómago vacío desde hacía una semana. Abrí la puerta y me encontré con mis hermanos de la calle riendo y gritando. Alguno había llegado con los zapatos vacíos y los puños llenos. Había pan en la mesa.


Prueba fallida

Los zapatos vacíos. – dijo burlonamente Philip por el intercomunicador de la sección B.

El profesor Farmer se tiró de los pelos en su laboratorio de la sección A. Habían hecho ya incontables pruebas y el resultado era el mismo. La máquina teletransportadora no estaba funcionando como debería. Estaban cerca de conseguirlo pero habían dado un gran salto atrás.

El cuerpo que pretendían transportar de A a B seguía en su sitio, pero descalzo. Realizaron unos cuantos cálculos más, movieron palancas, pulsaron botones y probaron de nuevo.

Una luz iluminó A y B, entonces Philip dijo:

– Me llegó una cabellera.

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Violetas

Photo by Johannes Plenio on Unsplash
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Ni el propio Asimov podría haber imaginado que el destino de La Tierra fuera a depender de una flor tan simple, aunque bonita, como la violeta.

Ya habían pasado treinta largos años desde la ocupación de los Bluaola, esos altos y afilados seres azules, rojos y morados. La Tierra se vio incapaz de defenderse y los gobiernos acabaron aceptando sus exigencias. Y ahora todo el planeta cultiva miles y millones de flores, frutos y plantas para ellos. Ya no hay actores, no hay poetas, no hay jefes. Únicamente hay agricultores y jardineros.

El campo del que soy encargado, de una extensión de cuarenta hectáreas, se ocupa de producir las violetas de la región. Ignoro porque las necesitan. Un viejo amigo, hace ya muchos años, tenía la teoría de que necesitan las antocianinas y cianidinas de estas flores para sobrevivir. Como protección contra la luz ultravioleta (de ahí también sus curiosos colores de piel), como alimento, con fines terapéuticos, incluso con fines culturales. Creía, y resultó ser cierto, que en su planeta natal toda su vida giraba en torno a unas plantas similares. Pero la temperatura cambió a una mucho más gélida y las flores morían. Encontraron nuestro planeta, con nuestro cálido clima, como idóneo para ser su granja privada. Y ahora el mundo entero se tiñó de colores rojizos, púrpuras y marfiles.

Cada mañana me asomo a la ventana y el color violeta ocupa hasta donde alcanza la vista. Echo de menos los campos verdes. Incluso parece que el mar y el cielo no son tan azules como antes y han adquirido un tono rosáceo. Tal vez solo sea la resaca de mi cansada vista, tal vez realmente los nuevos colores del campo se ven reflejados, tal vez solo sea mi imaginación. Pero aquel día el cielo no era ni azul ni rosa. Era de un terrible gris oscuro, como mirar a los ojos de los bluaolas. La peor tormenta en años estaba ya encima de mi cabeza y la del resto de trabajadores. Aunque estos ya habían huido a esconderse porque sabían lo que ocurriría después del temporal, ya que había decidido no preparar la cosecha para semejantes condiciones y todas las violetas se echarían a perder bajo la fuerza de ríos de lluvia y vientos huracanados.

Y comenzó la tormenta. Primero unas tímidas gotas golpeaban mi ventana. A los pocos segundos toda una cortina de agua sacudía con violencia todo el caserío. El suelo bajo mis pies temblaba ante la intensidad de los rayos y truenos. Algunas ventanas cedieron por la fuerza del viento, pero me daba igual, sabía que después de que pasara la tormenta desaparecería de la faz de La Tierra. Con la chimenea encendida y mantas sobre mi cuerpo observé todo el destrozo provocado por el temporal. Y por un momento dudé en que fuera a ser castigado por ellos, porque estaba seguro de que aunque hubiera preparado defensas necesarias para tal exhibición de fuerza natural, la cosecha se habría echado a perder igualmente. Y los bluaolas entenderían que no pude hacer nada y me perdonarían. Pero no, eso no iba a pasar.

La tormenta duró toda la noche y toda la noche estuve despierto, observando, disfrutando cada minuto. Hasta me aventuré a dejar mi cálida habitación para gritar bajo la lluvia. A los pocos minutos de haber terminado el temporal una nave aterrizó sobre los restos de mi campo. Yo ya estaba esperando y sin ningún tipo de floritura entré.

Y ahora me encuentro en una de sus habitaciones, inquietantemente preparada para humanos, esperando mi destino como una de sus mascotas, o trofeos. Sinceramente no me importa ya. Prefiero la aventura de lo desconocido antes que la monotonía de la granja y las violetas. Y estoy seguro de que Asimov habría hecho lo mismo.

 

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